En los últimos años se ha vuelto común escuchar a personas que describen a sus perros como su “alma gemela”. No se trata solo de una metáfora cariñosa, sino de una forma de recentrar la vida emocional alrededor de la mascota.
El estudio citado muestra que quienes ven a su perro de esta manera tienden a mostrar menos interés por otras personas, realizar menos donaciones a causas humanitarias y estar más dispuestos a renunciar a eventos sociales para pasar tiempo con sus animales. La pregunta ya no es solo cuánto queremos a los perros, sino qué mundo social queda cuando ellos ocupan el lugar central.
El hallazgo clave es inquietante: centrar emocionalmente en los perros por encima de los humanos puede sustituir el mundo social en lugar de enriquecerlo. El perro deja de ser un lazo más, para convertirse en el lazo casi exclusivo. A nivel psicosocial, esto implica que la energía afectiva que podría invertirse en amistades, redes de apoyo o proyectos comunitarios se concentra en un vínculo que, por definición, no exige la misma negociación de diferencias que las relaciones humanas. El animal se vuelve refugio, pero también coartada para retirarse del conflicto que implica convivir con otros.
Este fenómeno debe leerse en el contexto de una época marcada por la soledad y el retraimiento social. La expansión del trabajo remoto, la precariedad económica y la fragmentación de la vida urbana han erosionado los espacios donde se construían vínculos fuertes con otras personas. En ese escenario, los perros aparecen como una respuesta casi perfecta: compañía diaria, afecto visible, rituales compartidos como paseos o juegos. La cultura de los “fur babies”, impulsada por la publicidad y la industria del cuidado animal, consolida la idea de que el perro puede llenar el vacío dejado por la familia, la pareja o el vecindario.
Desde una mirada psicosocial, el atractivo de esta relación es evidente. El perro ofrece una forma de amor que se percibe como puro, incondicional, sin juicio ni discusión. Frente a la complejidad de las relaciones humanas —con su carga de desacuerdos, decepciones y ambigüedades—, la mascota representa una conexión segura. Sin embargo, esa seguridad tiene un precio: puede reforzar la evitación de los vínculos humanos precisamente porque estos resultan más exigentes. El lazo con el animal no solo consuela, también puede terminar justificando una retirada gradual de la esfera interpersonal.
Hay una dimensión de poder y moralidad en este desplazamiento del afecto. La misma investigación muestra que un segmento importante de dueños estaría dispuesto a priorizar la vida o las necesidades de un perro sobre las de un ser humano desconocido. El problema no es la empatía hacia los animales, sino la forma en que el círculo moral se estrecha: la compasión se concentra en el perro, mientras se vuelve más fácil pasar de largo ante la vulnerabilidad de otras personas. La política del cuidado se reduce al radio de la correa.
En el plano del discurso público, esta tendencia se celebra y se normaliza. Redes sociales llenas de perfiles donde la mascota ocupa el lugar de hijo, de pareja o incluso de “sentido de la vida” consolidan narrativas donde la frase “prefiero a los perros que a la gente” deja de ser un chiste y se convierte en declaración identitaria. El lenguaje importa: cuanto más repetimos que los humanos decepcionan y los perros nunca fallan, más justificamos un retraimiento afectivo que no es solo individual, sino colectivo. Se instala un clima cultural de desconfianza hacia el otro humano.
La investigación advierte, sin embargo, que no es inevitable que el amor por los perros empobrezca el mundo social. En muchas situaciones, las mascotas funcionan como puentes: facilitan conversaciones en espacios públicos, reducen la ansiedad social, abren puertas a nuevas redes. El problema aparece cuando el vínculo con el perro se convierte en pretexto para renunciar a esos encuentros, para quedarse siempre del lado seguro del afecto unilateral. En lugar de ser mediadores de sociabilidad, los perros se transforman en fronteras que separan a sus dueños del resto.
Pensar este fenómeno desde la cultura, el debate y lo psicosocial implica hacerse una pregunta incómoda: ¿qué dice de nuestra época que amar a un perro parezca más seguro que amar a otras personas? La respuesta no puede reducirse al juicio individual sobre dueños más o menos “misantrópicos”. Remite a estructuras de soledad, precariedad emocional y desconfianza que debilitan la vida en común. Si los perros terminan ocupando el lugar de “alma gemela” es, en parte, porque la sociedad ha fallado en garantizar condiciones mínimas para relaciones humanas estables, dignas y cuidadas.
Rehabilitar el valor de los vínculos humanos no pasa por amar menos a los animales, sino por redistribuir el afecto sin sustituir al prójimo por la mascota. Se trata de mirar al perro como aliado, no como reemplazo: dejar que el vínculo con él nos recuerde que la capacidad de cuidado y ternura que volcamos en nuestros animales también está llamada a sostener, con todos sus riesgos, la trama compleja de la vida con otros humanos. El desafío cultural es lograr que el perro siga siendo compañero fiel, sin convertirse en excusa para abandonar el mundo social.
Fuente: Danica Dillion, Helen Devine y Kurt Gray, «1 in 5 Dog Owners Will Save a Puppy’s Life Over Yours», boletín Moral Understanding (5 de noviembre de 2025).

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