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Lo que heredamos de mamá: habilidades socioemocionales y el peso de la infancia

Cada vez hay más evidencia de que no solo heredamos genes, sino también habilidades socioemocionales como la sociabilidad, la estabilidad emocional o la capacidad de concentrar la energía en metas concretas. 


Un nuevo estudio, basado en el seguimiento de varias generaciones en Reino Unido, muestra que estos rasgos se transmiten de padres a hijos y que esta transmisión no es simétrica: las madres parecen jugar un papel más influyente que los padres. No se trata solo de temperamento individual, sino de un patrón familiar que se prolonga en el tiempo y condiciona las oportunidades de vida.

El trabajo, firmado por Orazio Attanasio y colegas, utiliza la 1970 British Cohort Study, que sigue desde el nacimiento a personas nacidas en una misma semana de 1970 y, a partir de 2004, también recoge información sobre sus hijos. Allí se miden dos dimensiones de las llamadas habilidades socioemocionales: lo internalizante (capacidad de enfocarse, perseverar, regular la motivación) y lo externalizante (forma de relacionarse con los demás, gestionar la agresividad o el conflicto). Más que etiquetas clínicas, son indicadores de cómo un niño se mueve por el mundo social.

El hallazgo central es claro: las habilidades socioemocionales de los padres durante su propia infancia predicen las de sus hijos cuando estos también son niños. La infancia no solo es una etapa vulnerable, sino una especie de “matriz” donde se fraguan disposiciones que se proyectan hacia la siguiente generación. La literatura lo ha llamado la long arm of childhood, ese brazo largo de la infancia que alcanza la salud, el bienestar y las trayectorias laborales en la edad adulta. Este estudio añade que ese brazo se extiende también hacia los hijos y hasta las abuelas.

Cuando los autores separan los datos por género de la figura parental, encuentran que las madres tienen un peso predominante en la transmisión de estas habilidades, más que los padres. No es difícil imaginar por qué: en la mayoría de contextos, son ellas quienes siguen asumiendo la mayor parte del cuidado cotidiano, la regulación emocional y la organización del hogar. Pero ponerle número a esa intuición cambia el encuadre: la famosa “carga mental” no es solo injusta en el presente, también deja huella en el capital socioemocional del futuro.

El estudio, publicado en Journal of Public Economics, no se queda en la psicología individual, sino que habla de movilidad intergeneracional: cuánto pueden los hijos “moverse” en la escala de habilidades respecto a sus padres. Si las habilidades socioemocionales están fuertemente ancladas en la historia familiar, entonces también lo están la probabilidad de terminar estudios, conseguir trabajos estables, sostener vínculos saludables. Otros trabajos ya habían mostrado que la inversión parental —tiempo, sensibilidad, estabilidad económica— moldea estas habilidades en la infancia. Aquí se suma la idea de que esas inversiones están, a su vez, condicionadas por el equipaje socioemocional que cada adulto trae de su propia niñez.

Hay una dimensión de poder y género difícil de ignorar. Si las madres son el canal principal de transmisión de habilidades socioemocionales, cualquier política que descansa en su “capacidad de resiliencia” sin apoyarlas de manera material y simbólica corre el riesgo de convertirse en un mandato imposible. El discurso de la madre fuerte, sacrificada y siempre disponible encubre el hecho de que su estado emocional no es solo un asunto privado: es un determinante de las oportunidades socioemocionales de sus hijos y de sus nietos.

Desde el punto de vista del discurso público, seguimos hablando de “carácter”, “actitud” o “inteligencia emocional” como si fueran logros exclusivamente individuales. La evidencia apunta en otra dirección: lo que le pedimos a cada niño —autocontrol, empatía, estabilidad— es el resultado de un proceso intergeneracional donde pesan la historia de su madre, las condiciones económicas de la familia y las redes de apoyo disponibles. Reducirlo todo a esfuerzo personal o “buena crianza” solo sirve para desplazar la responsabilidad estructural hacia quienes ya sostienen la mayor carga invisible del cuidado.

Si aceptamos que heredamos algo más que genes, el debate psicosocial y político cambia de tono. La pregunta deja de ser por qué algunos niños “fallan” en la escuela o en la regulación de sus emociones, y pasa a ser qué hicimos —o dejamos de hacer— en su primera infancia y en la de sus madres y abuelas. Invertir en apoyos tempranos, salud mental materna, tiempo de cuidado digno y entornos menos precarios no es un lujo humanista: es intervenir a tiempo en una cadena de transmisión de habilidades que puede reproducir o atenuar desigualdades a lo largo de varias generaciones.

Fuente: Orazio P. Attanasio, Sarah Cattan, Emla Fitzsimons, Costas Meghir y Marta Rubio-Codina, «Intergenerational mobility in socio-emotional skills», Journal of Public Economics, vol. 248, 2025.

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