En julio de 2025, el gobierno laborista de Keir Starmer anunció que bajaría la edad mínima para votar de 18 a 16 años en todas las elecciones del Reino Unido, el mayor cambio al censo electoral británico desde 1969. La medida, que sumaría 9.5 millones de personas al padrón, reabrió un debate que desde entonces se replica —con matices propios— en Italia, España y otras democracias que observan de cerca el experimento británico.
El argumento a favor, que Starmer resumió con una frase que se volvió cita obligada, es de coherencia cívica: "si tienes 16 o 17 años eres lo suficientemente grande para trabajar, eres lo suficientemente grande para pagar impuestos, así que contribuyes; y si contribuyes, deberías poder decidir en qué se gasta ese dinero". El Consejo de Europa, en una resolución dirigida a sus 47 países miembros, sugirió ya en 2011 que estudiaran bajar la edad de voto para que "los jóvenes se sientan más incluidos" en el proceso democrático, bajo la premisa de que la participación temprana genera ciudadanos más comprometidos a largo plazo.
Los argumentos en contra se apoyan en un terreno distinto: que los adolescentes de 16 años todavía no tienen la madurez cognitiva ni la experiencia vital directa —empleo estable, pago de impuestos sobre la renta, propiedad— que históricamente justificó fijar la mayoría de edad cívica en los 18 años, y que su voto podría ser más susceptible a la influencia externa. Una encuesta a adultos británicos citada por Infobae encontró una sociedad genuinamente dividida: 51% considera que la reforma puede empeorar la calidad de la democracia, frente a apenas 26% que cree que la mejorará. Entre los propios adolescentes que podrían votar, el entusiasmo por participar convive con una desconfianza documentada hacia el sistema político —los partidos son percibidos como las instituciones menos fiables, incluso por debajo de la policía y los tribunales—, según investigación académica del proyecto IP-PAD.
El mapa global desmiente además uno de los supuestos más repetidos sobre esta reforma: que automáticamente beneficia a la izquierda. Un estudio de la Universidad de Sheffield encontró que los votantes de 16 y 17 años representan apenas entre 1.5% y 5% del padrón en distintas circunscripciones británicas, un peso demasiado pequeño para inclinar por sí solo una elección nacional. Austria fue pionera en Europa al implementarlo en todas sus elecciones; Brasil lo adoptó tras el fin de la dictadura militar en 1988, junto a Nicaragua, Ecuador y Cuba en distintos niveles; y Malta lo sumó en 2018. El propio Reino Unido, al bajar la edad de voto, homologa a Inglaterra e Irlanda del Norte con Escocia y Gales, donde los jóvenes de 16 y 17 años ya podían votar en elecciones locales y del Parlamento escocés desde hace años. Lejos de ser una discusión resuelta, el mapa mundial de la edad mínima para votar sigue siendo, según especialistas en democracia comparada, uno de los terrenos donde con más frecuencia colisionan los argumentos de inclusión democrática y los de madurez cívica.
Fuentes: Humanium, El Colombiano, Infobae, El Debate, El Orden Mundial, Diario de Cuyo.

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