Existe un ecosistema digital que crece con una velocidad que preocupa cada vez más a sociólogos, educadores y gobiernos: la llamada "manosfera", una red descentralizada de comunidades en línea —foros, pódcast, canales de YouTube, cuentas de TikTok— que comparte una premisa común, aunque con matices internos: que los hombres atraviesan una crisis social causada, en mayor o menor medida, por el avance de los derechos de las mujeres y el feminismo.
La socióloga española Elisa García Mingo, una de las investigadoras que más ha estudiado el fenómeno en el mundo hispanohablante, advierte que la manosfera no es un bloque homogéneo, sino que agrupa subculturas distintas: comunidades incel (célibes involuntarios), gurús de la seducción, activistas por los "derechos de los hombres", entusiastas del fisicoculturismo ("gymbros") y otros grupos que, pese a sus diferencias, comparten una visión estrecha y jerárquica de la masculinidad. Según su análisis, estos espacios funcionan como una auténtica "pedagogía antifeminista": enseñan a hombres jóvenes a reinterpretar sus frustraciones personales, económicas o afectivas como consecuencia directa del feminismo, en lugar de atribuirlas a otros factores estructurales.
El mecanismo de propagación tiene un componente algorítmico bien documentado. Investigaciones académicas describen cómo plataformas como TikTok —diseñadas para captar la atención en fragmentos de pocos segundos— intensifican el discurso misógino porque el formato favorece contenidos emocionalmente cargados y polarizadores. Un estudio del Centro Reina Sofía sobre juventud y manosfera encontró que 20% de los hombres españoles de entre 15 y 29 años ya cuestiona la existencia de la violencia de género, llegando a considerarla una "invención ideológica". Pero reducir el fenómeno a un problema puramente algorítmico, advierten otros análisis críticos, es "verdadero pero insuficiente": los algoritmos amplifican lo que ya genera enganche, pero no explican por qué un adolescente específico dedica horas enteras a consumir, memorizar y repetir ese contenido en su entorno cotidiano. La pregunta más incómoda, sostienen estos análisis, no es tecnológica sino social: qué vacíos económicos y emocionales reales está llenando ese discurso en la vida de esos jóvenes.
Las consecuencias ya no son solo discursivas. En marzo de 2026, un jurado de California dictaminó negligencia por diseño adictivo contra una gran plataforma tecnológica, vinculando el uso de redes sociales con el aumento de depresión clínica y dismorfia corporal en jóvenes, un fallo que abrió la puerta a más de 2,000 demandas adicionales similares. García Mingo insiste en que la responsabilidad no puede recaer únicamente en los adolescentes ni en sus familias: sostiene que las empresas tecnológicas y las instituciones públicas comparten responsabilidad por la arquitectura digital que favorece la circulación de estos contenidos, y plantea como respuesta necesaria una combinación de investigación interdisciplinaria, mayor exigencia regulatoria a las plataformas y estrategias específicas de prevención de la radicalización, antes de que este malestar juvenil —advierte— termine de traducirse, como ya ocurre en algunos países, en un giro político más amplio hacia posiciones reaccionarias.
Fuentes: El Universal (México), Educación Futura, La Cadera De Eva, Romper el Hechizo, Portal Insurgencia Magisterial, ResearchGate (Teknokultura).

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