Preguntarle a ChatGPT o a otro asistente de inteligencia artificial si una afirmación política es cierta se volvió, en 2026, un hábito cotidiano para millones de personas. El uso de chatbots de IA como fuente de noticias subió del 7% al 10% a nivel global en apenas un año, según el Digital News Report 2026 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford, justo en el momento en que la confianza en los medios tradicionales toca mínimos históricos.
El problema es que la confianza en estas herramientas para verificar información política no está nada garantizada. Investigaciones de Proof News y Factchequeado detectaron que los errores son sensiblemente más frecuentes en español que en inglés, más de la mitad de las respuestas sobre elecciones analizadas contenían información incorrecta, incompleta o directamente engañosa, un problema que golpea de forma desproporcionada a las audiencias hispanohablantes.
La paradoja es notable: el 49% de los adultos estadounidenses ya utiliza chatbots de inteligencia artificial generativa de forma habitual, pero solo el 16% cree que esta tecnología tendrá un impacto positivo en la sociedad durante los próximos veinte años. La gente usa masivamente una herramienta en la que, al mismo tiempo, no termina de confiar, una tensión que especialistas en comunicación digital describen como "confianza funcional sin confianza real".
Más allá de los errores factuales, la preocupación de fondo entre investigadores es otra: un estudio publicado en la revista Nature confirmó que los chatbots de inteligencia artificial pueden moldear activamente las opiniones políticas de quienes los consultan, no solo por los errores que cometen, sino por la forma en que enmarcan y priorizan la información que entregan, incluso cuando esa información es técnicamente correcta.
A diferencia de un medio de comunicación tradicional, cuya línea editorial suele ser identificable, un chatbot se presenta ante el usuario como una fuente neutral y objetiva, una apariencia de imparcialidad que, según advierten los investigadores, puede ser engañosa: el modelo no actúa como un árbitro imparcial de la realidad, sino como un espejo del lenguaje humano del que fue entrenado, a veces fiel y a veces distorsionado, sin que el usuario promedio tenga forma sencilla de distinguir un caso del otro.
El desafío que se perfila hacia adelante no es tecnológico sino de alfabetización mediática: mientras la confianza en el periodismo tradicional sigue cayendo y el uso de la IA como fuente de información continúa en ascenso, la brecha entre cuánto confiamos en estas herramientas y cuán confiables son realmente podría convertirse en uno de los mayores riesgos para la calidad del debate público en los próximos años electorales.
Fuentes: Reuters Institute (Universidad de Oxford), Chequeado, Cambio Colombia, El Ecosistema Startup, National Geographic España.

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