Cada vez más jóvenes conviven con una forma específica de malestar que la psicología empezó a nombrar hace apenas unos años y que en 2026 ya cuenta con evidencia científica sólida detrás, la ecoansiedad, una ansiedad crónica y persistente vinculada a la crisis climática y a la percepción de que nadie con poder real está actuando a la velocidad que el problema exige.
Un estudio coordinado por la Universidad de Bath, publicado en The Lancet Planetary Health con respaldo de UNICEF y la Organización Panamericana de la Salud, encontró que el 59% de las personas de entre 16 y 25 años declara sentirse "muy preocupada" por el futuro ambiental del planeta. Más de la mitad afirma que esos pensamientos obsesivos sobre el clima interfieren directamente en su vida cotidiana, afectando su capacidad de concentración, sus decisiones sobre el futuro e incluso su descanso.
Los síntomas que describen especialistas en salud mental incluyen episodios de ansiedad aguda, insomnio, dificultad para proyectarse a largo plazo y, en los casos más intensos, una sensación de parálisis frente a decisiones tan cotidianas como formar una familia o planificar una carrera profesional. A diferencia de un trastorno de ansiedad convencional, la ecoansiedad tiene la particularidad de estar anclada a una amenaza real y documentada científicamente, lo que complica las estrategias terapéuticas tradicionales, que suelen apoyarse en cuestionar pensamientos "irracionales".
La exposición constante a noticias sobre desastres climáticos funciona como un amplificador del malestar, mientras que la percepción de inacción política opera como un segundo factor agravante independiente del primero: no es solo el miedo al cambio climático en sí, sino la sensación de que las instituciones llamadas a resolverlo no están a la altura, lo que erosiona la confianza de los jóvenes en el futuro de forma más profunda que el fenómeno ambiental por sí solo.
La dimensión generacional del problema es clara, los jóvenes de hoy constituyen simultáneamente la generación más expuesta a los efectos del cambio climático a lo largo de su vida y una de las menos protegidas institucionalmente frente al impacto psicológico que eso conlleva, según señalan los propios autores del estudio, que insisten en la ausencia casi total de políticas públicas de salud mental diseñadas específicamente para abordar esta forma de malestar.
Frente a este panorama, especialistas coinciden en que la respuesta más efectiva no es negar ni minimizar la preocupación climática, sino canalizarla, la participación en activismo ambiental organizado y la educación en resiliencia emocional aparecen como las herramientas con mejor evidencia para transformar una ansiedad paralizante en un motor de acción concreta, sin negar la legitimidad de fondo de la preocupación que la origina.
Fuentes: El Tiempo (España), Infobae, Infocop, UNICEF.


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